Hay días en que nuestros niños están más sensibles, justo
como a nosotros nos pasa. Sea
por cansancio, hambre, angustia, miedo, asombro o simplemente porque necesitan
atención y apapachos o porque se les alborotó la hormona...
Justo como a nosotros nos pasa a veces, no sabemos ni por qué, pero ni nosotros nos aguantamos. El caso es que nuestros niños no son
diferentes de nosotros. Les sucede lo mismo,
tienen sus momentos en los que no se hallan y respingan porque sí, porque no y porque quizás...Asimismo, al igual que los adultos, todos son únicos y poseen distintas cualidades, habilidades y tiempos de desarrollo.
El punto es que intentes ponerte en los zapatos de tu hijo y reflexiones: ¿te gustaría que por esos momentos específicos en los que te equivocas,
explotas o no cumples las expectativas que se tienen de ti, tus hijos te etiquetaran como: berrinchudo, chantajista, mañoso, malcriado, pasota, irresponsable, etc? Y peor aún, que se dedicaran a dar pelos y señales de cuanta caída tienes, convirtiendo tus defectos y nivel de tus capacidades o desarrollo en "el tema" de conversación con sus amigos, sus madres y con cualquier
ente que se cruce metiéndote en la competencia de comparaciones: "hubieras visto la que me montó hace rato... Eso no es nada, el tuyo es un ángel comparado con el mío, no sabes lo que hizo...", "el mío ni cómo ayudarle, no consigue hacer eso que el tuyo domina hace siglos", "el mío está insoportable en cambio mira los tuyos", "¡aquí muy mono, pero en la casa no hay quién lo aguante, es de lo peor!".
¿A que no te gustaría estar escuchando eso?
¡Y menos una y otra
vez y con quien sea!
¿A que una pataleta
no define tu personalidad ni tu ser?
¿A que escribir antes o después no te hace mejor o peor?
¿A que escribir antes o después no te hace mejor o peor?
¿A que si escucharas
eso constantemente,
hasta para cumplir con lo dicho, te rebelarías?
¡Obvio que no te gustaría escucharlos, son comentarios muy destructivos! ¡Además, recuerda que nadie sabe los motivos y capacidades personales, las preocupaciones,
las circunstancias y las batallas interiores que cada quien libra! Antes de interiorizar las etiquetas, considerarías injusto que
hablaran así de ti, porque crees que atinas más de lo que hierras. De hecho, tal vez al principio quisieras inventar o que existieran unos lentes para que no se fijaran sólo en lo malo y negativo que haces, pero a la larga,
probablemente acabarías apropiándote del papel del malo y rebelde sin causa o de peor que los demás...
Sin embargo, ¿acaso no preferirías que hablaran más
de tus cualidades y aciertos
que de tus debilidades y fallos?...
¡Pues los niños también!
¡Pues los niños también!
Cuando presentamos incansablemente y a todo pulmón, al público general, su
"lado oscuro", lo más factible es que
ellos se crean que realmente así son y se instalen ahí, en esa etiqueta. Entonces, dejarán de ver su lado brillante, sus logros y su
potencial. En realidad, las palabras, caras y actitudes negativas
pueden cortar las alas igual de violentamente que los golpes. Hay que tener cuidado sobre cómo hablamos y qué decimos tanto de nuestros hijos como de cualquier persona, ya que de lo contrario se
puede romper la relación con tus
hijos, porque generarás el vicio
de ver lo negativo y dejar de ver todo lo bueno que sí hacen... ¡Te perderás la parte
maravillosa de haber sido bendecida/o con un hijo/a y poder disfrutarlo en su unicidad!...
Ahora bien, es cierto que cambiar no es tarea sencilla.
De hecho, el otro día me decía mi hijo al finalizar el día de su cumpleaños:
"Mamá no me
siento de 5 años, me sigo
sintiendo de 4"... No sé qué se imaginaba poder
hacer o cómo se imaginaba que cambiaría de ipsofacto a partir del minuto uno del día de su cumple,
pero definitivamente se desilusionó al ver que excepto haber soplado las velas y comido pastel, no mucho
cambiaba... Seguía siendo el mismo. Y creo que así nos pasa cuando nos descubrimos haciendo cosas que
jurábamos no hacer o que sabemos que no son las óptimas.
De todo corazón deseamos cambiar y lo intentamos, pero quisiéramos que fuera de manera automática e inmediata con tan sólo haberlo reconocido y tener buenas intenciones. Sin embargo, día a día corroboramos nuestra imperfección humana y tropezamos una y otra vez con la misma piedra. Pero te tengo una buena noticia al respecto: ¡es normal! ¡Eres un ser humano común y corriente! A todos nos pasa, ¿ya ves? Igual que a nuestros hijos que "les hemos dicho una y mil veces”… ¡Y lo vuelven a hacer!... ¿Ves no somos diferentes?... Más aún, ellos están en desventaja, todavía son muy pequeños y están empezando a vivir, aún les falta desarrollar muchas habilidades...
De todo corazón deseamos cambiar y lo intentamos, pero quisiéramos que fuera de manera automática e inmediata con tan sólo haberlo reconocido y tener buenas intenciones. Sin embargo, día a día corroboramos nuestra imperfección humana y tropezamos una y otra vez con la misma piedra. Pero te tengo una buena noticia al respecto: ¡es normal! ¡Eres un ser humano común y corriente! A todos nos pasa, ¿ya ves? Igual que a nuestros hijos que "les hemos dicho una y mil veces”… ¡Y lo vuelven a hacer!... ¿Ves no somos diferentes?... Más aún, ellos están en desventaja, todavía son muy pequeños y están empezando a vivir, aún les falta desarrollar muchas habilidades...
Por tanto, romper paradigmas, cambiar actitudes, costumbres y
formas no es tarea fácil, pero con
esfuerzo, dedicación y constancia sí es posible. El punto es que independientemente del grado de dificultad, debemos empezar
por mejorar nuestra visión de los niños y nuestra forma de crianza, a una que respete su
dignidad, su individualidad (edad, capacidades y desarrollo personal) y fomentar
una comunicación asertiva y una
sana relación fundada en el
amor que dé alas para volar alto. Así pues, al formar, siempre hay que tener presente que son niños y que a
nuestros hijos les pasa igual que a nosotros, quieren cambiar y hacerlo bien,
pero son humanos en camino a la santidad, no santos.
Otro punto importante a recordar es que nosotros, sus padres, somos sus ídolos y en realidad, su mayor deseo es complacernos y que estemos orgullosos de ellos. Por eso, hay que aprender a ver más allá de su comportamiento y analizar su desarrollo particular y además, qué nos quieren comunicar. En el caso de conductas negativas,en lugar de buscar el por qué, hay que preguntarnos para qué están haciendo lo que hacen. Qué ganancia secundarias están obteniendo; porque si no las hay, no lo estarían haciendo. Obviamente no les gustan los regaños, los gritos, las críticas o el rechazo, pero es que su comportamiento, al igual que el nuestro, es una forma de comunicarse. A través de éste, nos expresan sus sentimientos y pensamientos, lo que aún no saben decir, no logran ordenar, descodificar o articular con ecuanimidad.
Otro punto importante a recordar es que nosotros, sus padres, somos sus ídolos y en realidad, su mayor deseo es complacernos y que estemos orgullosos de ellos. Por eso, hay que aprender a ver más allá de su comportamiento y analizar su desarrollo particular y además, qué nos quieren comunicar. En el caso de conductas negativas,en lugar de buscar el por qué, hay que preguntarnos para qué están haciendo lo que hacen. Qué ganancia secundarias están obteniendo; porque si no las hay, no lo estarían haciendo. Obviamente no les gustan los regaños, los gritos, las críticas o el rechazo, pero es que su comportamiento, al igual que el nuestro, es una forma de comunicarse. A través de éste, nos expresan sus sentimientos y pensamientos, lo que aún no saben decir, no logran ordenar, descodificar o articular con ecuanimidad.
En fin, es difícil escuchar a personas describiendo repetidamente a
su hijo como necio, malo, penoso, miedoso, mandón, desordenado, descuidado, flojonazo, berrinchudo o quejándose de sus hijos con un tono fuerte e incluso
despectivo, minusvalorándolo e ignorando
todas las cosas buenas que sí hacen, así como sus capacidades. Lo peor es que te cuentan
todas sus críticas, preocupaciones y quejas en frente de los niños, entre otras, porque como "no entienden
nada"... ¡Siendo que los niños entienden más de lo que
imaginamos! De hecho tienen una sensibilidad especial para captar más allá de
las palabras...
En conclusión, creo que como formadores urge:
1.
Aprender a ver a
los niños como niños, reconocer que los niños se portan como niños y que cada uno es único e iirepetible.
2.
Mirarlos y tratarlos con respeto.
3.
Exaltar sus
cualidades y aciertos y disfrutarlos..
4.
Dejar de ventilar
sus errores, debilidades o áreas de oportunidad,
como les quieras llamar. Los trapos sucios se lavan en casa y no son tema de
sobremesa.
5.
Cambiar el
"ser" por el "hacer", esto es, no adjetivar ni etiquetar:
no es un berrinchudo sino que hizo un berrinche, no es un pegalón sino que le pegó a un compañero.
6.
Utilizar un
lenguaje positivo para ver el lado bueno de sus comportamientos y
actitudes: en vez de decir que "un mandón de miedo", se puede decir que "tiene tiene liderazgo". O bien, en lugar de decir "mi hijo va a entrar gateando a su titulación" se puede decir, "me encanta ver su agilidad para gatear, le permite libertad de movimiento y alcanzar todo lo que quiere".
7.
Hay que ir más allá del comportamiento, hay
entender lo que nos quieren comunicar.
8.
Mantener la
conexión con ellos sin juzgar, amenazar, criticar sino más bien:
a.
Hacer observaciones
b.
Validar y verbalizar sus sentimientos
c.
Reconocer sus buenas acciones y potencial
d.
Fomentar que ellos encuentren mejores formas de
relacionarse y actuar
9.
Ser
concientes que a veces su comportamiento refleja
las tensiones y carencias de su ambiente o nuestras sombras.
10.
Recordar
que hablar mal de los demás, habla peor de ti. Las críticas dicen más del
adulto que las expresa, que de sus hijos…
Hay que aprender a mirar a nuestros niños con respeto y como niños que son.
En ocasiones les exigimos una perfección que ni nosotros los grandulones hemos conseguido
ni conseguiremos jamás...
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