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miércoles, 7 de agosto de 2019

La tele en mi casa





El otro día subí un post y mencioné algo de “mi política de tele” y varias personas me escribieron por inbox para conocer cuál es…. Así que mejor respondo por acá. Sin embargo, creo que cada familia debe decidir su propia “política”. Claro que podemos sacar ideas de otras casas pero, en realidad, cada familia es un mundo, con sus propias circunstancias, historias y necesidades distintas. Dicho esto y sin explicar mis razones porque daría para otro post, comparto la política de casa que en resumidas cuentas es: 

El mínimo de tele posible y, lo poco que se ve, pasa por una estricta criba.

Ahora bien, en concreto cómo se traduce "la política":

1.     Sólo hay una tele en casa y no tiene función de nana.
2.     De lunes a viernes no ven tele, ni usan ipad.
3.     Sólo se ve lo que quieres/eliges ver, no lo que salga ni se deja “de fondo” la tele para “oír ruido”.
4.   Se ve lo que escoges en Netflix, Amazon Prime y/o Youtube (para manualidades y recetas de cocina),  o sea no hay anuncios.
5.     Se desayuna, come y cena SIN tele ni cel, tanto en casa como en restaurantes.  Para restaurantes o salidas llevan cuentos para pintar y juguetes. Obviamente, si vas con más gente y ellos les dan a sus hijos el cel y los míos se adjuntan, pues cero estrés, mientras el contenido sea adecuado.
6.     En el coche tampoco hay tele ni ipad ni cel. Pueden platicar, cantar, jugar, dormirse, aburrirse o incluso, pelearse. 
7.    El sábado en la noche sí ven 2 o 3 de capítulos de alguna caricatura, eso si no hubo plan que se acabara tarde y pues ya no da tiempo.
8.     El domingo, o algún viernes, vemos una película y entonces sí, a veces hasta palomitas les hago.
9.     Algún sábado por la mañana, muuuy de vez en cuando, ven manualidades o recetas de cocina en Youtube, pero durante un tiempo limitado, o sea no es que se despierten y se conecten horas y horas para que yo duerma... En esos días, el primero que se despierta puede venirse a mi cama y estarse ahí quieto o puede ponerse a leer, pintar o jugar. Cuando todos están despiertos y mínimo las 8am pueden ver un ratito. 
10.   Algún domingo, muuuuy de vez en cuando, en vez de peli juegan algún video juego, pero casi que puedo contar con las manos esos sucesos… También juegan algún día que invitan amigos al final-final del día cuando se van tarde los amiguitos.
11.   Eso sí, cuando están enfermos o cuando  viene alguien a cenar, y ya es tarde y siguen despiertos y van sobregirados… Antes de que su creatividad y energía desbordada cause una sorpresa, se les permite conectarse a la tele por el bien común.

Debo confesar que ahora que lo leo, así escrito, parece que mis hijos viven bajo un régimen militar, ¡y peor si les digo que se sigue lo mismo durante las vacaciones!. … Pero créanme que suena peor de lo que es la realidad. ¡En serio, no están nada traumados!... Para ellos esto es “su normal”. Incluso, algún día que han visto “mucha” tele, hasta ellos la apagan solitos. O bien, si les digo vean 2 capítulos, los ven y ellos solos apagan la tele en cuanto acaban sin que les diga.
Ya están acostumbrados y dominan cómo funciona en la casa, así que incluso, cuando “osan” tentar la suerte para ver si “pueden ver tele” fuera de lo previsto, saben que “el no” lo tienen asegurado, directa o indirectamente con un “no camuflado”. Pe. ¿Puedo ver tele?... “Sí, el sábado con mucho gusto” o “sí, claro que sí, otro día”Obvio, ellos mantienen la esperanza de escuchar un milagroso sí a deshoras. Sin embargo, saben que la respuesta  no se somete a votación y que el 95% de las veces no logran modificarla,  y menos con berrinches o repitiéndolo 10,000 veces como discos rayados.. Evidentemente, saben que con otras personas estas estrategias sí les funcionan, dígase con… Mejor no balconeamos a nadie, pero ya se habrán imaginado a unos cuantos…
Lo que sí debo admitir es que una de las consecuencias de ver “tan poca” tele es, como diría una amiga, que “no aguantan nada”… Es cierto,  no están acostumbrados a “las partes feas de las películas”. Entonces, a veces sufren un poco, se tapan los ojos o bien, los cierran y se tapan las orejas, o de plano se van al baño o a algún lado mientras pasan las escenas que no les gustan… Sin embargo, prefiero que no se acostumbren a “lo feo” y que no se insensibilicen desde tan pequeños…
Ahora bien, como están acostumbrados a hacer “algo” en lugar de estar idiotizados en la tele, pues se les ocurre de todo, juegan y juegan mil horas, diseñan, crean, inventan historias, escriben cuentos, leen, pintan, maquillan y  quién sabe qué tanto… Lo que sí debo reconocer es que, al apretarles por ese lado, les doy bastante campo abierto para jugar y echar a volar su imaginación, cambiarse 80,000 veces, hacer experimentos, treparse, mojarse, ensuciarse, sembrar, cavar hoyos, mover ciertos muebles y explayar su creatividad hasta extremos insospechados… Cuestión que debo reconocer que altera a varias personas, empezando porque mis hijos viven descalzos, disfrazados y porque de pronto la casa es un caos, aunque luego todo vuelve a la normalidad. Si bien hay bastante libertad, saben que ésta debe ir de la mano de la responsabilidad, respeto entre ellos y cuidado de la casa y las cosas.... Pe.  Jugar con agua, plastilina, arena o hacer experimentos sólo puede ser afuera de la casa…
En fin, por último, me preguntaban que qué hacía si en otras casas los invitan a jugar y se la pasan viendo tele  o si ven cosas con las que no estoy de acuerdo. Obvio esto da para otro post, así que no me extenderé. Resumiendo puedo decir que “las horas extras” como tal no me quitan el sueño, lo que sí me causa calambres es el contenido inapropiado. Lógicamente, entre más horas de tele o cel sin supervisión ven, mayor es la probabilidad de que vean cosas inadecuadas. Sin embargo, es imposible esperar que en todas las casas coincidan las mismas políticas de tiempo y calidad, ya que cada familia tiene una consideración muy diversa al respecto. Así que tengo asumido que  si en las invitaciones ven más o menos, pues ya ni modo, eso sí, sobre el contenido aprovecho para profundizar con ellos sobre muchos temas: elección de amistades, que sepan que no tienen que ver lo que sea, que pueden escoger, que pueden levantarse, que puedo ir por ellos a recogerlos cuando quieran y lo más importante, que pueden confiar en mí siempre, que si ven algo que no les gusta o les da miedo pueden contármelo, etc.. A final de cuentas, todo esto sirve de entrenamiento para que descubran la complejidad de la vida y que vayan decidiendo quién quieren ser, ya que lo que vemos y oímos influye en quien somos…

viernes, 12 de octubre de 2018

Al menos una vez en la vida: ¡Visita Tierra Santa!




Viajar por placer es increíble y nunca es un gasto… De hecho, es la mejor inversión que uno puede hacer tras cubrir lo necesario para vivir dignamente.  Lo viajado y lo paseado nadie te lo quita y sí que te da mucho… Viajar hace crecer, enriquece y “desaburra”, o sea te quita un poco lo “burro”… Y te ayuda a ser capaz de vencer, en unas cuantas preguntas, a la campeona invencible del “Maratón”: la ignorancia…
Al viajar, sin lugar a duda, voluntaria e involuntariamente durante todo el proceso se obtiene, en menor o en mayor grado, un aprendizaje integral continuo (intelectual, psicosocial y espiritual). Con la ventaja de que, mientras lo haces, hasta te ejercitas físicamente al “patearte” los pueblos y ciudades enteros. Claro, que hay sus excepciones, ya que obviamente esto no aplica cuando el viaje consiste en “no hacer nada” y donde el mayor esfuerzo realizado implica salir de la cama para echarte en la playa y estirar la mano para que te traigan comida y bebida... De cualquier forma, indiscutiblemente, hasta en los viajes “menos intensos” se adquieren habilidades y competencias muy variadas:
Todo empieza desde que surge la idea y tienes que iniciar la planeación, buscar opciones que cumplan tus expectativas y te garanticen el binomio calidad-precio. Entonces, definido el presupuesto, si es que quieres que el sueño de verdad baje a la realidad, comienzas a ahorrar o sigues haciéndolo. Luego, por fin se acerca el día del viaje y te ves en la necesidad de diferenciar entre lo imprescindible y lo prescindible para hacer maletas de viaje y no de mudanza, que se ajusten a las estrictas normas de tamaño y peso que tienen las aerolíneas, pero que lleven todo lo necesario. Así que ejercitas tu capacidad para ser previsor sin llegar a extremos ilógicos. Asimismo, te instruyes en el arte de documentar maletas, llenar papeles y encuerarte para pasar inmigración (en caso de ir en avión). Y también, te las ingenias para seguir indicaciones hasta en idiomas desconocidos…
Así pues, investigando, preguntando y siguiendo mapas conoces personas, historia, lugares maravillosos, culturas diversas, bailes, trajes típicos y comida exquisita, exótica y hasta la que ni pruebas pero que, al menos, ahora sabes que existe. En definitiva, viajando descubres formas de pensar y actuar diversas, así como costumbres, colores, movimientos, ritmos, sonidos y olores totalmente diferentes a los que tus sentidos están acostumbrados. Todo esto, por más que lo leas y lo veas en millones de páginas googleadas o en el algún libro con ilustraciones fantásticas galardonadas, no se puede comparar con vivir la experiencia en carne propia. Finalmente, aunque no pagues por eso, indirectamente y aunque no quisieras, aprendes a lidiar con imprevistos, a ser más flexible, adaptable y a solucionar conflictos, entre muchas otras habilidades… En fin, ni la mejor lección magistral sobre un país puede sustituir el pisar su suelo, pasear por sus calles, respirar su aire y conocer a su gente…
Claro que hay de viajes a viajes, y no es porque esté organizando uno a Tierra Santa con extensión a Jordania, pero es que hay viajes que de verdad dejan una huella profunda en el alma. En lo personal, estoy convencida que Tierra Santa es uno de esos lugares “must visit” indispensables de cualquier “bucket list”… ¡Vaya, que de ser posible “debes de ir” antes de estar 3 mts. bajo tierra!… Los musulmanes tienen que ir al menos una vez en la vida a La Meca… Y, ¿saben qué pienso? … Tal vez suena exagerado, pero como humanos deberíamos ir, al menos una vez, a Tierra Santa, independientemente de las creencias personales. Tierra Santa es verdaderamente como dicen, ¡el ombligo del mundo! Ahí se han encontrado unos de los restos más antiguos, ahí surgieron las 3 religiones más importantes del mundo, con sus correspondientes cosmovisiones y culturas.
Ahora bien, al entrar por la muralla de Jerusalén te cruzas literalmente con gente de todo el mundo y puedes escuchar cientos de idiomas en un día… ¡Todo en un área de 0.9km2! En un abrir y cerrar de ojos percibes el infinito valor esencial del ser humano y la complejidad de su existencia. El alma se arrodilla ante la grandeza de la libertad y las puertas que ésta abre para la autodeterminación personal, esto es, para la elección de la vida propia. En un segundo queda patente la unicidad del ser humano y a la vez, la diversidad y la esencia bondadosa de la naturaleza humana del la persona común y corriente cuando su corazón no se ha corrompido con el poder, odios heredados y la miseria humana.
Al adentrarte por las estrechas calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén y pasear por los cuatro barrios (armenio, judío, cristiano y musulmán) en los que está dividido, es imposible no percibir la gran fuerza e impacto que tiene la cada cultura a nivel personal, social e incluso material... Definitivamente, cada barrio tiene su sello… Asimismo, mientras caminas puedes admirar maravillosas artesanías de concha nácar y madera de olivo, oler el aceite de nardo de María Magdalena, apreciar el olor de las especies típicas de la zona, saborear deliciosos dátiles, dulces típicos y un café, escuchando 5 veces al día al muecín llamar a los musulmanes a orar, cantando el el adhán en los altavoces, al mismo tiempo que pasan judíos para ir a celebrar el Sabbath,  católicos rezando el viacrucis, ortodoxos en procesión, esotéricos equilibrando energía, turistas turisteando y otros con cara de “what?” pensando que están en el Disneylandia de las religiones... En fin, sorprendente, inigualable, inexplicable, inconfundible…Simplemente increíble…
Y al final, ¿qué, con tanta diversidad?... Pues al final creo que es evidente que, en Jerusalén la gente “común y corriente” con la que te topas, sea habitante de la zona, peregrino o turista, enseña que si bien todos somos distintos y hay gran diversidad cultural,

la gran mayoría de las personas que habitan este planeta son buenas personas,
viven agradecidas de estar vivas e
intentan disfrutar la vida, vivir bien y hacer el bien
para ser felices y hacer felices a los suyos.
La gran mayoría lo único que desea es vivir en paz, convivir, ser mejores
y al final de día, poder reír y besar a sus seres queridos…
Sí, la gran mayoría del mundo es buena…
Todos con diversas costumbres y creencias, pero al final,
todos intentando dejar un mundo mejor
o bien, intentando dejar hijos mejores para el mundo…

En fin, en ese trozo de tierra caminan personas de todas las nacionalidades y culturas, unos porque ahí les tocó nacer, otros porque han elegido vivir ahí y otros porque han decidido conocer un poco de ese espectacular lugar… Todos los que pasan por ahí quedan maravillados... Sin embargo, quienes peregrinan por sus calles pueden transportarse a escenas escuchadas e incluso meditadas una y mil veces, y entonces, muchas cuestiones cobran un sentido profundo. Definitivamente, caminar por donde Él pisó se convierte en una oportunidad única para encontrarse con Él y avivar la llama de la fe…

…Al menos una vez en la vida visita Tierra Santa…


viernes, 13 de octubre de 2017

6 puntos para viajar "sola" con 3 niños pequeños



La monotonía en la vida familiar a veces se rompe inesperadamente. De pronto, una oportunidad irrumpe y exige que la tomes o la dejes sin consultarlo con el cerebro izquierdo, racional y financiero. Créanme que para alguien perfeccionista y controlador no resulta sencillo aventarse de un día para otro a viajar “sola” con 3 niños, en una aerolínea de bajo costo, con sus correspondientes altas restricciones, para alcanzar al marido que estaría trabajando de tiempo extra-completo. Cuestión que implicaría cuidar a los 3 chiquillos “sola” en el sol, arena, mar y albercas por 3 días consecutivos, para luego poder disfrutar otros 3 días en familia con la responsabilidad compartida.
                 No sé qué tuerca se me zafó o si tuve una regresión hacia la inconsciente adolescencia, pero amanecí y se me cruzó por la mente la posibilidad de hacerlo. Así que empecé a checar la viabilidad de la locura y pasado el mediodía le llamé a mi marido para comunicarle mis negras intenciones. No sé si fue el trabajo excesivo o qué, pero respondió que sí sin rechistar y pues compré los boletos de disque “ofertón” para ir a la playa que está justo en el estado donde no paran las réplicas de los sismos… ¡Sí lo sabía antes de pagar!, pero creo que sufrí un desajuste hormonal que me nubló la razón ese día.
Total que la aventura inició consiguiendo que alguien me llevara el día siguiente temprano del pueblo a la ciudad para tomar el avión. La complejidad del asunto estribaba en que el susodicho no me botara en la entrada del aeropuerto, sino que me acompañara a documentar y que se fuera hasta que me metiera al área de las salas de embarque.
Cuando resolví ese asunto y regresé de recoger niños de las actividades extraescolares, procedí a mantener una Junta de Consejo con los “pequeños socios” que llevaban la mitad de su vida preguntando: ¿cuándo vamos a la playa?...  Por fin, el “un día de estos” había llegado… Obviamente, no cabían de la emoción y tuve que poner orden rápidamente para que no sacaran todas sus pertenencias en menos de 2 segundos. Retomado un poco el control de la situación, les informé sobre los pasos que tendríamos que realizar desde ese momento hasta que volviéramos a casa. Asimismo, les expliqué claramente los riesgos y las medidas de seguridad a tomar en cuenta, pero sobre todo explícitamente les solicité su cooperación y obediencia máxima, incluso con ejemplos prácticos. Hice hincapié especialmente sobre el viaje de ida y los días en los cuales estaríamos “solos”, viendo a su papá sólo para dormir…
Sellado el compromiso, había que conseguir que, entre la euforia y el cansancio del día, cenaran en un minuto y desaparecieran del mapa para poder enfrentar el siguiente reto: hacer una, ¡una maleta de 158 cms lineales que no pesara más de 15kgs!  En ésta tenía que caber todo lo indispensable y necesario para su servidora y los 3 angelitos de 7, 5 y 3 años, más los trajes de baño del galán y sus chanclas… ¿Por qué? Porque aunque podíamos llevar cada quien dos maletas de mano, como podrán comprender “no soy un pulpo” capaz de llevar mi bolsa, 3 chamacos y 8 maletas de mano. Por otra parte, aunque se pueden comprar “upgrades” para documentar más maletas, cada kilo extra te acerca a viajar a precio de “business class” pero en un “pollero” con alas. Por lo que decidí que sólo mi boleto incluiría una maleta para documentar, y pues heme ahí haciendo milagros.
Al día siguiente había que salir con tiempo porque la hermosa Ciudad de México es una caja de sorpresas. Así que me levanté temprano para arreglarme y poder poner las sillitas de los niños en el coche junto con la maleta y demás triques, tener el desayuno listo y recoger un poco el caos generado por el abrupto arranque de espontaneidad… Sólo que entremedio hubo un pequeño contratiempo que se aunó a las pesadillas que había tenido durante las pocas horas en las que pegué los ojos… Sufrí un ataque de histeria porque se me ocurrió checar el clima del destino y que me aparece en los primeros resultados de la búsqueda el siguiente título: “Alerta de tsunami”. ¿¿¿¡¡¡!!!???... Miren que suelo tener amansada a la fiera que llevo dentro y sé esconder bastante bien los nervios, pero ese día entré en pánico. Por lo que llamé a mi marido para informarle que no me iba y que no me importaba que se perdiera el dinero. Sin embargo, entre él y una amiga me terapearon y decidí seguir con el súper plan improvisado hacía menos de 24hrs poniéndonos en manos de Dios.
Afortunadamente llegamos bien al aeropuerto, pero eso sí, al poner un pie debajo del coche me convertí en mamá gorila con mi baby chango a la espalda, gracias la mochila porta bebé que le pedí a una amiga ese mismo día al salir de casa y me hizo el gran favor de prestarme.  Ahí iba yo con los chicos, uno en cada mano y el otro en la espalda, mientras mi bolsa colgaba del cuello cual cencerro de vaca… Sí, ¡sé lo que estás pensando!... Cero glamour... Efectivamente no era un momento Pinterest. Pudimos documentar sin colas ni espera alguna. Nos despedimos del ángel de la guarda que nos llevó y entramos al área de las salas de embarque.
 Tuvimos que realizar una parada técnica de urgencia en el baño, donde me metí con todos mis chilpayates al designado para personas con alguna discapacidad. Alguno pensará que qué inconciente, pero ¡no! No es abuso ni inconciencia. De hecho, los baños públicos son uno de los muchos lugares que no consideran lo incapacitada que está una mamá (o un papá), sin rayos x ni súper poderes, para vigilar a través de las puertas a sus hijos mientras ella/él va al baño o cuando tiene que cuidar a más de uno. En realidad, estoy convencida de que junto al logo de la silla de ruedas deberían de estar dibujaditos una mamá y un papá con escuinclitos. Eso sí, quiero reconocer que la señora de intendencia que estaba limpiando fue súper amable, me echó una mano y hasta les dio sus consejitos a las niñas de que no me soltaran, etc., cuestión que agradecí porque reforzó lo que yo les había dicho el día anterior.
En fin, al no estar asignada aún la sala de embarque caminamos sin rumbo fijo para localizar un restaurante en donde pudiéramos comer y esperar, que estuviera limpio, sin mucha gente y que pareciera seguro. Encontramos uno que superó mis expectativas, no tanto por la comida sino por el excelente servicio para facilitarle la vida a las familias y para atender pacientemente a los niños, aún sin ser éste su giro.
Obviamente tuvimos que volver a visitar el baño antes de dirigirnos a la sala de embarque que estaba exactamente en la punta opuesta de donde estábamos. Así que trepa por milésima vez a baby changuito en la espada y a caminar a velocidad olímpica para que no nos fueran a cerrar la puerta de embarque en las narices.
Finalmente, llegamos a la recta final de la primera meta y nos subimos sanos y salvos al avión. La verdad, aquí entre nos, hasta parecía que nunca saco a pasear a mis hijos… Entraron a conocer la cabina, se tomaron foto con el piloto, preguntaron hasta lo inimaginable, sacando a relucir mi ignorancia y dejando en evidencia que los adultos perdemos curiosidad y dejamos de hacer extraordinario lo ordinario...
Aterrizamos y a bajar la escalerita enclenque con el baby chango a la espalda y los otros dos enfrente para recoger en las bandas a mi cuarta hija: ¡la famosa maleta de 15 kgs! Nos subimos al taxi y al ver el hotel por fin respiré diferente, pude verme cruzando triunfante la primera meta cual atleta de alto rendimiento…Y entonces, a cambiarse y directo a la playa sin descanso alguno… “A por” la segunda meta: disfrutar sin mayores percances 3 días de vacaciones “sola”… ¿Masoquismo? Pues no, aunque no lo crean, me fue muy bien esos 3 días “sola” con ellos. De hecho, no es por presumir, pero ahí sí que podría haber sacado varias fotos dignas de Pinterest, lástima que mi celular permaneció aprisionado en la caja fuerte el 90% del tiempo al declararme incapaz de cuidarlo.  
En fin, gracias a Dios todo fluyó y salió mejor de lo que imaginé. Si me preguntan cuál creo que es la clave del éxito les diría que es:

Conocerte y reconocer tus límites,
ser realista y tomar en cuenta las edades de tus hijos y tus circunstancias
para pedir y aceptar toda la ayuda que sea necesaria
y tomar las medidas de seguridad adecuadas.
Sin embargo, tomada la decisión,  
es fundamental no creerte la mentira de que estás viajando sola,
estás viajando con tus hijos
y por lo tanto,
los tienes que incluir para que se responsabilicen y colaboren.


¿Cómo?

1.       Explicándoles lo que va a ir pasando y las situaciones que probablemente sucedan.
2.       Compartiéndoles tus miedos y necesidades.
3.       Pidiéndoles colaboración y responsabilidad según sus posibilidades.
4.       Siendo firme en el fondo y suave en la forma, para que siempre sepan que sí y que no.
5.       Confiando en ellos y creyendo que son capaces de mucho más de lo que imaginas.
6.       Agradeciéndoles sus buenas intenciones y las pequeñas acciones que realizan para colaborar.

En realidad, ellos saben que no tienes ojos en las pompas y que no eres la Mujer Maravilla, aunque a veces tú intentes demostrar lo contrario. Has memoria de cuántas veces te ha pasado que por fingir que puedes con todo acabas ahogándote en un vaso de agua.
Por lo tanto, si por alguna razón vas a viajar “sola” con tus niños, reconoce tus limitaciones y que no vas sola, vas con ellos, así que ¡inclúyelos! No los minusvalores ni los hagas sentir un estorbo y una carga. Los adultos necesitamos romper paradigmas pesimistas, materialistas, utilitaristas y conductistas que tenemos respecto a los niños. Urge modificar la visión que tenemos de nuestros niños. Ellos no son malos, chantajistas ni manipuladores. Ellos son buenos y les encanta sentirse útiles y “grandes”. Necesitan que los mires como personas buenas e inocentes que son, dispuestos a todo por ti que eres su ídolo. Realmente su actuar depende mucho de cómo los mires, los consideres y los trates.

No obstante, es normal que sientas miedo de viajar “sola” con ellos, la verdad es que es toda una aventura extrema. Evidentemente lo ideal es ir acompañada, pero a veces parece que la vida desconoce “lo ideal”, se aleja tanto de éste que sólo queda enfrentar la realidad con prudencia y valentía como viene y con lo que viene. Eso sí, en todo momento mira al cielo y encomiéndate. Te aseguro que si lo haces podrás ver y sentir Su mano bondadosa que no sólo no te deja ni un instante, sino que te carga en sus brazos amorosos a ti y a tu tropa sin soltarlos ni un segundo... Por ejemplo, entre muchas otras que sucedieron, permitiendo que nos encontráramos inesperadamente en el mismo hotel a unos amigos con quienes pudimos compartir y disfrutar al menos la tarde del día que llegamos y el medio día siguiente, haciendo que se disminuyera un 50% el tiempo que hubiera estado cuidando "sola" a los niños... Increíble, pero cierto...
En fin, gracias a todos a aquellos que hicieron posible que esta aventura tuviera un final feliz…


PD. Para no hacer el cuento más largo y porque merece un reconocimiento especial, no incluí un hecho clave que permitió que tomáramos el avión el día planeado, a la hora planeada... Resulta que mientras íbamos en la carretera a punto de llegar al aeropuerto, casi muero de un infarto cuando mi mamá me informó que mis boletos de avión eran para el día siguiente... ¿Cómo? ¡No podía ser! ¡Si justo por eso me iba con esa aerolínea, porque era la única que tenía lugar para volar ese día!... Esperando que fuera un problema severo de miopía de mi madre, saqué los boletos para leer con atención la fecha de salida, pero efectivamente ¡el vendedor se había equivocado y no me había percatado!... En realidad, tras comprarlos solo verifiqué que llegaran los archivos a mi cuenta de correo y en la madrugada, al terminar de hacer la maleta solo los imprimí para no pagar lo que te cobran si no los llevas impresos. Obviamente, como se podrán imaginar, entré en shock e inevitablemente pensé que era "una señal" de que no debíamos ir si no queríamos morir... No obstante, llamé inmediatamente a la aerolínea para explicar lo sucedido y sé que es inconcebible pero ¡me hicieron el cambio sin costo alguno y sin rechistar!...¡Les digo que Él nunca me deja, siempre me echa una mano! En fin, esto contradecía "la señal" anterior, parecía que se volvía a poner todo en orden... Por tanto, ¿sería una señal de que sí debíamos ir?... ¡Qué nervios!... ¡Qué paranoia!... ¡Qué esquizofrenia!... Menos mal que el stress no me dejó pensar más y que con todo el rollo, casi al colgar, ya habíamos llegado al aeropuerto. Así que tan solo quedaba seguir con "el plan"... Ahora bien, debo de reconocer que fue uno de esos momentos de la vida en los que valoré muuuucho a mi mamá. Es increíble que le importe tanto como para leer bien y con detenimiento el boleto que le había mandado hacía unas horas adjunto en un mail, solo para que supiera fechas y datos necesarios por si moríamos en la aventura y tenían que rescatarnos... Definitivamente es una bendición tener todavía a mi mamá cuidándonos incansablemente....#GraciasMamá  



Artículo publicado también en Nueva Visión:  http://bit.ly/2j63Yuf

miércoles, 11 de octubre de 2017

El temblor desenterró el valor de la vida y la bondad del ser humano




En la época consumista la vida ha perdido su valor infinito como don y milagro, convirtiéndose en un producto más para adquirir y/o desechar según las preferencias, gustos y posibilidades personales. Más aún, actualmente lucrar con la vida resulta un negocio altamente rentable, basta ver las cuentas millonarias que dejan los anticonceptivos y las píldoras del “día después”, los abortos, las fecundaciones in vitro, los úteros subrogados, la eutanasia/suicidio asistido.
El sistema capitalista “cerró el círculo” para que la maternidad no genere déficit sino ganancias y para que hombres y mujeres puedan sean económicamente productivos el mayor tiempo posible y puedan darle “todo” a los hijos:
  1.  Cosifica a la persona y rompe vínculos para que el “individuo sea libre” y no tenga nada que lo ate o limite para que pueda dedicarse a generar dinero. 
  2. Promueve el que la mujer postergue lo más posible un embarazo, que se limite el número de hijos y hasta que se rechace la maternidad. En caso de “fallo” se brinda la posibilidad de “deshacerse del problema” mediante la píldora del día después y del aborto.
  3. Ofrece el poder “pagar” para “adquirir/fabricar” hijos a la carta, incluso sin embarazarse.
  4. Fomenta el desapego y la desvinculación con los hijos para ir adiestrando a los futuros miembros del sistema individualista y consumista. Por eso exige sutilmente la inmediata reincorporación a la vida laboral tras hacer “el deseo realidad” y “obtener” un hijo y seguir con la vida como si nada hubiera pasado, ya que se pueden dejar a los hijos en manos de profesionales en guarderías o en su defecto con nanas o con los abuelos.
  5. Sustituye a las familias en su tarea de encargarse del cuidado del dependiente, sea enfermos y/o los adultos mayores. Por lo que garantiza la oferta de internados, estancias de día, geriátricos, casas de descanso y en los países más “progres” legaliza la eutanasia/suicidio asistido para deshacerse del “no deseado que estorba”.


Todo este montaje es un constructo socio-económico que se ha fabricado en base a intereses soberbios e individualistas y por conveniencia de un sistema capitalista salvaje ocasiona que la opulencia desmedida y los lujos sin límite benefician a una cúpula mientras que aumentan la brecha entre ricos y pobres y provoca insostenibilidad del Estado por la falta de reemplazo generacional. Asimismo, en este ambiente el valor de la vida se relativizaba más y más, mientras que la dignidad humana se enterraba profundamente, pero de repente tembló el 19S… Tembló para todos sin importar el nivel socioeconómico, las creencias religiosas ni nada… En un instante, a todos “se nos cayeron los chones” y quedamos desnudos e impotentes ante la fuerza de la naturaleza… Ante el pavor y la incertidumbre, en la incomunicación total, tan sólo quedaba rezarle a ese Dios que actualmente se tanto desprecia.
Se perdieron vidas, se perdieron patrimonios y aunque fuera por unos minutos o por unos días, también se perdió la soberbia con la que se vive como si uno fuera dueño y señor de la vida. Por unos momentos experimentamos el ser creaturas y nos sentimos “nada” ante el miedo de perder todo, hasta la vida. El temblor derrumbó la desvinculación social y se cayó el teatrito capitalista individualista. De pronto se solidarizó el pueblo, se formaron cadenas humanas, redes de ayuda y de oración, se consumía para donar y no para beneficio personal, se regalaba comida, ropa, productos de higiene, de curación. Asimismo, se donaba tiempo y esfuerzo para ayudar al prójimo sin importar si era conocido o desconocido.
                De entre la desgracia se desenterró el valor de la propia vida y la del otro, se tomó conciencia de la finitud y de la fragilidad de la misma. Pasaban los días y en las labores de rescate ya no se esperaba escuchar gritos de auxilio, se buscaban débiles respiraciones sin importar la edad, salud o condición de las víctimas Muchas personas arriesgaban sus vidas por salvar a otros, pasaban horas intentando rescatar a uno más, por uno valía la pena todo el esfuerzo y gasto. Más aún, el trabajo no sólo se centraba en rescatar a los vivos sino incluso a quienes habían perecido para poder entregar su cuerpo a los familiares. Así pues, fue como se rescató de entre los escombros el valor de la vida humana y del cuerpo humano. Se hacía hasta lo imposible ante la más mínima posibilidad de vida…
Ojalá no hubiera temblado, pero tembló como en película de terror… Así que ojalá que esta contingencia sirva para trasformar de fondo nuestras vidas superficiales y alejadas de lo esencial porque entonces se logrará transformar la familia y en consecuencia la sociedad. Entonces, se podrá reducir la brecha entre ricos y pobres, desterrar la corrupción y la maldad para que aflore la bondad humana. Ojalá que el otro deje de ser un medio y vuelva a ser concebido como un fin en sí mismo. Ojalá que se vuelva a ver al que sufre en lugar de darse la vuelta mientras uno esté bien. Ojalá se deje salir lo que le es propio al ser humano, la interdependencia, la entrega y el compromiso, en lugar hacer oídos sordos y esperar a que la humanidad del ser humano salga tras una desgracia.
Ojalá que la reconstrucción del país, empiece por una reconstrucción personal profunda, donde la vida se viva y se reciba la vida como un don y un milagro, donde la maternidad/paternidad y la crianza no se vea como una carga insoportable o un yugo que limita, donde la paternidad responsable no se identifique con abortar, donde morir dignamente no implique el poder acceder a la eutanasia. Ojalá que los rescates de uno más, uno más, uno más, graben en nuestras almas el infinito valor de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. 
Ojalá que de los escombros se haya rescatado la convicción de ser mejores humanos.  Ojalá que el temblor haya dejado cimientos fuertes para construir una sociedad donde la dignidad humana, el amor, los vínculos, el compromiso social y la participación ciudadana sean los ejes rectores. Ojalá que no necesitemos más sacudidas para jerarquizar bien los valores y detenernos a mirar a los ojosa nuestro prójimo para alcanzar a ver el alma de quienes nos rodea y valorar su existencia. Ojalá que vivamos, cuidemos, abracemos y besemos a los nuestros como si fuera el último día.

A todos nos tembló y se nos movió la vida, a algunos tangiblemente y a otros más intangiblemente. El miedo y la inseguridad se resiste a abandonarnos, también en gran parte porque nos resistimos a abandonarnos a la voluntad amorosa de Dios. Sin embargo, más de uno desde ese día agradece cada respiración, cada latido, el poder ver las lunas de octubre y abrazar a los suyos intactos.
Pero,
 ¿y si hubiera sido tu último día? 

¿Habrías muerto en paz?

¿Cuál hubiera sido el balance al examinarte sobre cuánto amaste? 

¿Al abrir tus manos derramarías obras amor, 
misericordia, agradecimiento, perdón, paciencia y sacrificios? 

¿O por el contrario se escaparían tan solo borracheras, fiestas, superficialidades, vicios, 
prepotencia, egoísmo, falta de compromiso, omisión de actos buenos, desperdicio del tiempo? 

¿Te habría quedado pendiente algún beso, algún abrazo, alguna charla, algún te quiero? 

viernes, 9 de junio de 2017