viernes, 24 de noviembre de 2017

El relato de la doula acerca del parto vaginal después de cesárea


Es cierto que las mujeres estamos hechas para parir, pero por diversas circunstancias hay embarazos y partos que resultan ser todo un reto. Lo increíble es que hay mujeres que verdaderamente te sorprenden con su fortaleza para luchar por lo que quieren, en este caso, un parto vaginal después de una cesárea innecesaria y traumática que había dejado muchas heridas. Ella no sólo tenía buenas intenciones, sino que se formó y se recontraformó para prepararse junto con su marido para recibir a su bebé como ella quería y “sacó las garras” ser respetada.
                La primera batalla que libró fue que tuvo que lidiar medio embarazo con la hiperémesis gravídica. En esos casos, poco o nada consuela que te parezcas a la Princesa Kate Middleton que cada embarazo pasa por lo mismo. Por si fuera poco, mientras sorteaba como podía las náuseas y la espectacular bajada de peso, decidió cambiarse de doctor porque éste ni siquiera le daba la oportunidad de poder intentar un parto vaginal después de cesárea (PVDC). Cuando todo parecía ir tomando su curso, su instinto le gritaba que no había encontrado el equipo que quería que la acompañara. Por lo que decidió, cambiarse nuevamente de doctor alrededor de las 35 semanas de embarazo.
 Y entonces ya, pasadas unas semanas con el equipo que ella eligió, empezaron de manera natural los pródromos. En un par de ocasiones, las contracciones parecían señalar que el día del parto había llegado. No obstante, tras muchas horas de trabajo, éstas desaparecían sin haber dilatado nada, a pesar de ser de buena intensidad y frecuencia.  Se tuvo que analizar la situación y finalmente, tras un diagnóstico médico fundado y siguiendo su instinto, decidió que era momento de abandonar su Plan A para incursionarse en el Plan B: una inducción sin epidural, hasta donde fuera posible. No era su sueño ideal, pero era lo necesario.
Llegó el día de la inducción y las batallas no terminaban, el trabajo de parto no progresaba como era de esperarse, aunque ella estaba perfectamente conectada con su bebé y con su cuerpo y alma en otra dimensión que le permitía seguir adelante.  Ella fue la actriz principal junto con su bebé y el apoyo incondicional de su marido.  No se puede dejar de mencionar a su ginecólogo, un verdadero profesional con calidez humana, quien hizo lo necesario para que ella pudiera lograr su sueño. Donde una gran mayoría de médicos hubiera hecho una cesárea, él esperó y actuó haciendo lo que tenía que hacer en cada momento para evitarla.
Las últimas dos horas antes de poder besar a su bebé fueron complejas. Toda mi admiración para ella, una verdadera guerrera convencida de lo que quería para ella, para su bebé y para su familia. No fue el parto idílico sin intervenciones que esperaba. Fue un parto intenso, reparador, inundado de hormonas de todo tipo que le han permitido establecer un fuerte vínculo con el bebé, dejando a la pareja más sólida y preparada para lo que les regale la vida.

Gracias por permitirme acompañarlos a presenciar el milagro de la vida y la fuerza de la naturaleza y del amor…

Mamá cuenta su historia de parto vaginal después de cesárea

Agradezco a mi amiga por compartir su experiencia de su parto, seguro puede ser de ayuda a otras mujeres que quieran leer historias que empoderen:



Al escribir esta historia me he llenado  de muchas emociones,  al recordar cada instante de esta nueva experiencia, y es que me considero muy afortunada ya que la vida me ha regalado la oportunidad de ser madre por segunda vez y en una forma muy diferente.
El punto principal de partida comienza, desde el día que el ginecólogo me mencionó que era candidata para intentar un parto, si así lo decidía, ya que en ese momento no existía riesgo para realizarlo. En ese momento tuve sentimientos encontrados, debido a una cesárea por indicación médica en mi primera experiencia y por mi mente ni siquiera rondaba la palabra parto. Estaba segura de que sería una cesárea obligatoria. La cual traía recuerdos no muy gratos debido a las sensaciones que viví, desde la separación de mi hija en uno de los momentos más valiosos, la alteración terrible de mi sistema nervioso, hasta escuchar al cirujano hablar del fútbol y de sus decisiones para el desayuno, en plena cesárea cuando era uno de los momentos más especiales de mi vida, aunado a esto la dolorosa recuperación entre otros.  Por tanto, si pudiera evitarlo preferiría no volver a vivirlas.
Sorpresa, temor, alegría, esperanza, me invadieron repentinamente y aunque sabía  que  el dolor es parte de traer vida a este mundo había escuchado  y leído relatos bastante alentadores acerca del parto. Sin embargo, llegaron  un mar de dudas, me sentía como madre primeriza. Me comencé a preguntar: ¿Y decido parto, realmente podré hacerlo?  ¿Mi bebé estará bien? ¿Mi cuerpo está listo? ¿será capaz? ¿Qué se sentirá? ya que en la primera experiencia no supe que era una contracción.  ¿Podré soportar el dolor? ¿Y si falló? ¿Y si no tengo la fortaleza de las mujeres fuertes? ¿Cuál será mi grado de tolerancia al dolor? ¿Qué será lo mejor? , todas estas dudas se apoderaron de mi.
Sin embargo mi lado racional me llevó a informarme y  a tomar convicción para elegir informadamente. Y es que si es  bien sabido que el parto es lo más ideal por su naturaleza, no hay que pasar por alto que los avances médicos son bastante confiables y atractivos cuando la vida humana  está de por medio, el dolor y la rapidez  están rondando.
Después de este análisis tuve los siguientes argumentos  convincentes para determinar que pese  a todo trataría de  tener  un parto:
     Mi bebé me indicaría  cuando estuviera totalmente  listo para nacer. De otro modo pensé que sería como un capullo abierto forzadamente. Y no en sus tiempos y en sus procesos  naturales para abrirse con todo esplendor.
     El parto me  ayudaría  a no separarme de el en los momentos más valiosos, evitando estrés al bebé,  favoreciendo  el apego, tranquilidad y la lactancia.
     Menor  tiempo de  recuperación  el cual era necesario dado que ya tenía una hija quién me necesitaba,  un marido que también demandaría y al nuevo integrante.
     Menos dolor, ya que podía haber preparación para controlarlo sin medicalización y los más intensos son durante unas horas.
     Participación activa del padre fortaleciendo el vínculo.
     Y por si fuera poco honorarios más asequibles.
No pasando por alto que si hubiera alguna complicación tendríamos que hacer una excepción. 
Enseguida una ráfaga de esperanza me invadió y el temor se volvió entusiasmo la razón, ¡Al fin podría ser madre de verdad! pensé para mí misma, aunque no consideraba esto como una completa realidad, había secuelas emocionales  que en algún momento tocaron la fibra sensible y pusieron en cuestión  mi capacidad de parir y de ser una buena madre.
Dichosamente la vida me regaló y puso a mi alrededor a una persona a la que le puse el apellido de amiga y casi hermana, quien me alentó y me empoderó fervientemente, me compartió su formación de doula para hacer de esta experiencia más positiva y empoderada.
Después de esta  decisión  mi marido tuvo una participación vital, y es que al escucharlo comentar con tanta seguridad sobre el poder de dar vida de las mujeres terminé de empoderarme ya que mi compañero de vida creía  en mí.   Nunca olvidaré el día en que me expresó: ¡Claro que podrás, estas diseñada para hacerlo! ¡Eres una mujer fuerte! Esas palabras alimentaron mi valor para parir.
Y es  así como cada  decisión que restaba para  terminar  el proceso de embarazo iba respaldada. Incluyendo  el estar  atendido por un doctor que nos diera la plena seguridad que haría  todo lo posible para apoyarnos  en la  decisión y que no nos cambiaría  el plan innecesariamente. Sintiéndonos en paz con la  elección proseguimos.
Pero como nunca faltan los comentarios de terceros y  comenzaron a llegar afirmaciones como éstas: “Yo he escuchado que eso no se puede por el bien de los dos, deberías preguntar bien al doctor tal vez no te ha  revisado bien, eso es imposible tienes una cirugía, tu esposa se puede morir, ¡hagan cesárea y no se compliquen!, ¿parto? ¡pero todas tienen cesárea es lo más seguro!”.  Aunque tuvimos presión sobre todo  familiar sabíamos que habíamos tomado una decisión informada y por lo tanto decidimos que esta  vez el parto sería nuestro.
Para  evitar malos ratos o más cuestionamientos  acordamos que avisaríamos a los cercanos hasta que el bebé naciera. De tal forma que  el proceso lo viviríamos en equipo y sin presiones. Mientras pusimos manos a la obra siguiendo las indicaciones y recomendaciones para estar completamente listos para cuando llegara la hora.
 ¡Y bien llegó la semana 39! Y comencé a sentir ligeros  dolores en la cadera, a la mañana siguiente  el doctor me  hizo un monitoreo e  indicó que habían empezado los pródromos, esta noticia nos trajo  alegría  ya que sabíamos que el momento cada vez estaba más cercano. Pasaron 7 días y las contracciones de trabajo de parto comenzaron muy esporádicas, en esta ocasión  cuando el doctor revisó informó que  tenía  el cuello borrado, lo cual indicaba que todo iba bien.
De allí me  citó tres días después y me menciono que si tenía algunos síntomas como sangrado, rompimiento de la fuente, o contracciones más frecuentes le avisará de inmediato. Pero estos no se presentaron por lo que cuando acudí  a la siguiente revisión nos enteramos que tenía un centímetro de dilatación. Regresé a casa y por la noche las contracciones comenzaron más  frecuentes pero aún distantes, a la siguiente mañana el tapón mucoso se hizo presente, el día transcurrió con leves  contracciones y por la noche  a partir de las doce estas  se mostraron ya fuertes, y con ritmo. Así que comencé a  registrar los tiempos para  estar pendiente con la intensidad y duración. Y gracias a la formación nos habíamos preparado para pasar gran parte del proceso en casa, del tal forma que pudiera realizar más movimiento, tener comodidad y  un ambiente relajado, de modo  que cuando las contracciones ya  estuvieran cada cinco minutos correríamos al hospital.
Pero llegó el amanecer y a las seis de la mañana estas se pararon. Pasó todo el día  y éstas se volvieron muy esporádicas  y  así mi cuerpo tuvo este comportamiento por tres  días, esto comenzó a inquietarme mucho sin embargo el doctor estuvo pendiente  que  todo estuviera bien con el bebé y conmigo. Por lo que nos animó a ser pacientes y a seguir con las indicaciones de ejercicios y alimentación entre otros. 
Estando en la semana   40+5 la presión aumentaba y mi cuerpo parecía  no responder, por lo que la incertidumbre aumentó y esta fue la prueba de fuego ya que en ese momento si la desesperación hubiera ganado pudimos haber tomado alguna decisión equivocada. El doctor ese día me volvió a revisar y mencionó que si este comportamiento continuaba por dos días, tendríamos que ver algunas opciones como inducción al  parto y que haría todo lo posible para darnos el parto pero que si había alguna complicación estuviéramos conscientes Esa noche antes que comenzaran fuertemente las  contracciones, decidí encomendarme y nuevamente hablé con el doctor le comenté mi preocupación por la inducción, con toda paciencia contestó mis preguntas y al escuchar sus argumentos sobre el bienestar del bebé y  casi de  semana 41 supe que era lo mejor.
Por lo tanto acordamos que al siguiente día se haría la inducción al parto, me sentí en paz, e inmediatamente mi amiga, quien estuvo en todo el proceso muy pendiente me llamó para darme  su apoyo y me preguntó si me gustaría que me acompañara, me sentí tan completa  al saber que contaría con su ayuda en esos momentos  y seguramente todo fluiría mejor.
A la mañana siguiente llegamos  al hospital, con el mejor ánimo sabiendo que ese día conoceríamos a nuestro bebé, pero aún faltaba la parte más complicada y a la que se le teme de un parto, pero no me sentía  sola, mi marido, mi amiga incondicional y el doctor quienes estaban en pro del parto  estaban allí para uno de los momentos más especiales de mi vida. 
Todo comenzó con la administración de oxitocina,  entre risas, anécdotas, chistes, y positivismo transcurrió en un ambiente preparado gracias a mi amiga doula, y a mi marido quién estuvo muy comprometido.  Con medidas de confort, posiciones, masajes, respiración, aromas y relajación así llegué al centímetro ocho de dilatación.  Sin embargo, debido aún tratamiento anterior en el cual me habían practicado con ácido tricloroacético la dilatación no avanzaba, y fue necesaria una maniobra manual por parte del ginecólogo.



Esto ayudaría a aumentar las posibilidades de tener un parto, ya que por un momento pensamos que lo perdíamos pero continuamos con el plan. Estando conciente que si existiera una complicación que pusiera en riesgo la vida del bebé y la mía habría que tomar la cesárea como plan B. Por lo tanto, el bebé y yo en todo momento estuvimos monitoreados.
El dolor después de esta maniobra se volvió para mí intolerable, por lo cual ahora sí pedí la epidural, en ese momento no quería  rendirme, necesitaba seguir trabajando con mi bebé y ya estábamos en la recta final, pero era necesario para el último jalón. Quería que lo lográramos ambos.
Me subieron al quirófano y al ver muchas personas dentro, me aterró en pensar que tal vez todo el sueño de tener un parto se había esfumado porque en ese momento dudaba de mis propias fuerzas, lo mejor de todo fue que después de la aplicación me encontraba mejor para seguir.  Todos en la sala me animaban para la expulsión y el  pujo me decían: ¡venga en la siguiente contracción sale! ¡Pero no salía!
En algún momento dudé, y pensé y ¿si no me dicen la verdad? Realmente estaba confundida en sí lo hacía bien o no.   Pero con todas  esas personas solo en mi amiga doula y mi marido pude confiar, cada vez que ella me decía mírame  a los ojos sentía apoyo. De pronto mi marido gritó: “Ya veo la cabeza, solo un poco más  tú puedes” Y todavía vinieron más contracciones y más pujos, el último me hizo hacerlo con todas mis fuerzas que en ese momento me quedaban pocas y de inmediato sentí como atravesaba  mi bebé el canal de la vida, ¡no lo podía creer! fueron solo unos segundos, ¡al fin había parido!
Me sentí como en un sueño en cuanto me dieron al bebé y lo pegaron a mi pecho. Se me escurrieron las lágrimas y me preguntaba: ¿Cómo pude? ¿Cómo? Estaba tan feliz, tranquila, con una sensación de inmenso agradecimiento porque al fin sabía lo que era parir y lo mejor mi bebé estaba sano. Mi marido estaba tan contento que comenzó a cantarle tal y como lo hacía cuando estaba embarazada. Ese momento fue memorable y marcó nuestras vidas con una grata experiencia. No me libré de unos puntos, pero eso ya no importaba, el parto se había logrado.

Ese día me sentí muy amada ya que mi marido estuvo conmigo en todo momento, no se dejó influenciar pese a las presiones y se había portado con tanta dedicación para recibir a su hijo, totalmente entregado a su papel. Este parto fue completamente de nosotros, con un auténtico equipo de trabajo.
Esa noche al regresar a la habitación parecía que había pasado una batalla. Sin embargo, sabía que no era un sueño, que era algo real y así se comenzaba una historia de amor más.
Al día siguiente después de tomar la primera ducha completamente sola, le dije a mi marido: ¡Valió la pena! Y es que había recuperado mi dignidad como persona, como mujer y madre. Pero lo más importante es que mi bebé había sido respetado, esperado y muy bienvenido. Martín, Luz Ma y Pablo gracias por haberme hecho fuerte para defender mi parto.


martes, 7 de noviembre de 2017

Tips para antes y después de ir a ver COCO

Nota: ¡Este artículo es un SPOILER!


¡Qué película!.. ¡Me encantó!… La música, los colores, la ciudad de los muertos, las catrinas, los alebrijes, los puentes de cempasúchil, el mensaje… Otro día escribiré sobre esto y unas que otras reflexiones maravillosas que suscita esta cinta… No obstante, por hoy le rascaré a algo que me parece que ha pasado desapercibido entre la mayoría de los padres de niños pequeños…


No me extraña que “todo mundo” esté hablando de lo buena que es la peli. De hecho, es excelente y tiene mensajes muy profundos. Lo que sí me extraña es que de entre toooodos los que me la recomendaron nadie me dijera que la historia es bastante compleja y estresante para niños pequeños... 
¿Creen que exagero?... A ver seamos fríos y con honestidad dime qué pensarías y qué harías si al recomendártela pidieras que te la explicaran y escucharas lo siguiente:

  • “Pues fíjate que va de que un tipo que, al parecer, abandona sin miramientos ni remordimientos a su familia por alcanzar la fama. Esta situación causa un profundo dolor y trauma a la esposa que lo amaba con locura y con quien tenía una hija pequeña. La mujer, a pesar de que logra sacar adelante a su familia, empieza a transmitir de generación en generación un rencor y odio tremendo hacia su marido y hacia la profesión que éste ejercía. Así que obliga a todos sus descendientes a trabajar en el negocio familiar sin permitir que nadie se salga del huacal o tenga aspiraciones propias. Por otra parte, se refleja de manera súper simpática que a los hijos se les educa, o más bien somete, exigiendo obediencia ciega con gritos, amenazas, chantajes, golpes… Pero bueno, no creas que todo esto acaba mal, casi a punto de terminar llega el tan ansiado “final feliz”… De pronto en un dos por tres te cambian la jugada y te explican que en realidad el marido sí se arrepintió de haberse ido y quería regresar con su familia, pero no lo logró porque su "mejor amigo", quien estaba dispuesto a todo por logar la fama.. ¡Lo mata!… En fin, como verás está buenísima. De veras, lleva a tu hijo no se la puede perder”.   

Alguno pensará: “Bueno, pero es que la pintas fatal, cual telenovela y no es para tanto”. ¡Pues ni para tanto ni para menos! Esa es la trama, obvio que hay mucho más y de paso se aprovecha la historia para explicar cuestiones culturales de México y  la tradición del Día de Muertos, así como para rendir homenaje a grandes personajes que dejaron huella en nuestro país. Sin embargo, no nos engañemos es una película típica de Pixar, buenísima, pero más para adultos que para niños, aunque sea de caricaturas.
Así pues, debo confesar que mi mayor inquietud no versa sobre que los papás lleven o no a los niños a verla, sino sobre:

¿Por qué los papás no logran discernir, reconocer y aceptar que es 
un culebrón en caricaturas
bastante enredado para niños pequeños,
y que por tanto, requiere 
una preparación anterior para que la puedan disfrutar
y una retroalimentación posterior 
para que puedan  procesarla y asimilarla?

Definitivamente considero que, dado que se presentan situaciones muy complicadas de asimilar para una personita que tiene poco más de un lustro por la Tierra o incluso menos, creo que antes de verla por primera vez los papás deberían de contarles la historia completa a sus hijos, mostrarles imágenes e incluso trailers para que ellos al ir al cine puedan disfrutarla y no sufrirla, sabiendo que al final acabará bien: que la familia sí es lo más importante, que el fin no justifica los medios y que todos estarán felices. Obvio, habrá quien crea que soy muy exagerada… Y tal vez sí, pero 

¿será que también hay mucha exageración relativista, 
permisivismo y falta de capacidad de reflexión por el otro lado? 

No hay que olvidar que los niños son niños y que es nuestro deber respetarlos y cuidarlos; eso incluye el estar atentos a lo que ven, a lo que oyen y a lo que entienden o no entienden. No sé por qué existe una aceptada prisa y presión para lograr que crezcan rápido, para que se “hagan duros”, para tratarlos como adultos y para enfrentarlos sin más preámbulo a situaciones reales pero durísimas de la vida. Desafortunadamente es cierto que muchos niños ven, o incluso, viven “cosas peores”. Igualmente es cierto que muchos niños simplemente se quedan con “quién sabe qué entendieron” en sus cabecitas y en sus corazones haciendo telarañas sin exteriorizar sus dudas, mientras sus papás se quedan felices de que no sean preguntones y hasta se congratulan de que a sus hijos “ya nada los espanta ni les impacta”… Lo siento, pero esta situación no sé si me da más pena por los niños “agrandados”, insensibles y sobre expuestos o por los papás que normalizan lo anormal y lo inadecuado para los niños…
De hecho, lo normal es que a un niño le provoquen estrés las escenas de peleas, gritos, robos, persecuciones, abusos y demás escenas que se presentan a lo largo de la peli.  Por tanto, lo normal debería de ser que un niño pequeño se inquiete ante la historia contada y que se cuestione:

¿Cómo es que el papá de Coco no le importó dejar a su esposa e hija?
…¿Mis papás se podrían ir y dejarme? ¿Eso me puede pasar?...

¿Por qué su papá prefirió la fama a estar con su mamá y con Coco?
…¿Mis papás serían capaces de hacerme eso?...

¿Por qué su abuela trata mal y a “chanclazo limpio” a su nieto?
…¿No que no se debe hablar con malos modos, gritar y menos pegar?...


¿Por qué le rompen su guitarra y sus cosas?
 …¿No que no hay que hacer groserías?
¿No que hay que arreglar los problemas hablando y negociando?...

¿Por qué sus papás no lo defienden y dejan que la abuela lo trate así?
…¿Mis papás me defienden? ¿Me protegen hasta de familiares?...

¿Por qué su familia no lo deja ser lo que él quiere ser y hasta lo persiguen?
¿Cómo es que el señor famoso responde que no se arrepiente de haber dejado a su familia?

¿Cómo es  posible que un amigo mata a su mejor amigo por lograr su sueño?
… Aquí sí, corto circuito total … ¡Incomprensible!... 
...¡¡¡¡¿¿¿¿Eso no pasa verdad????!!!!!...
…Los amigos no se lastiman… ¿¿¿O por un sueño sí???

Alguno dirá, que lo anterior no se lo pregunta un niño… ¿No?... ¡Y mucho más!.. Otra cosa es que se les infravalore y que haya unos más “preguntones” que otros, unos más extrovertidos y otros más introvertidos. Algunos no lo exteriorizan, por personalidad y otros porque no se les fomenta el que sean críticos o porque se les calla cada que tienen una duda… Sin embargo, esas son preguntas son verídicas y las  hicieron niños de carne y hueso, de entre 5 y 7 años, durante la película y al salir de ésta. No cabe duda de que los niños son más listos de lo que a veces se cree... Si no se les pisotea su curiosidad natural, ellos son capaces de cuestionarse hasta lo que parece incuestionable…
En fin, es cierto que todas estas situaciones “incorrectas” que suceden a lo largo de la peli se solucionan... No obstante, seamos concientes de que “la resolución del culebrón” sucede ¡prácticamente cuando salen los créditos del final!!!! Para un adulto resulta impresionante que logren “engañarte” tanto tiempo y de manera tan inteligente. Para un niño esto se traduce en más de una hora y media de estrés y angustia, estado del que difícilmente salen porque cuando en 2 segundos se explica todo y se le da la vuelta a la tortilla, ellos por su falta de desarrollo e inmadurez natural no cachan ni la mitad del giro… “Menos mal que todo se aclara lógicamente, así de rápido y sencillo” al conocerse que todo el mitote fue ocasionado porque el mejor amigo del tatarabuelo, quien no sólo lo traicionó sino que, ni más ni menos, lo asesinó por avaricia y soberbia… ¡¡Wow, qué creatividad e ingenio!!… ¡¡¡Sí, wow, desde tu perspectiva y con el quíntuple de años encima!!!

¿Pero de verdad crees que tu hijo entendió y asimiló "lo inconcebible" desde su perspectiva?
¿O será que sólo le acabó gustando porque finalmente le tranquilizó ver
a Coco recordando, a Miguel sonriendo y cantando feliz de la vida,
festejando con su familia entre música, alegría y abrazos?


 ¿A poco en serio crees que tu hijo que venía creyendo por una hora y media una cosa capta que donde dije digo, digo Diego” y pues que mágicamente todo lo que creía, ya no es?… ¿Así de “simple”?... En un pis pas tu hijo tiene que cambiar el chip y darse cuenta de que lo que le repitieron 50,000 veces de que hay que "vivir el momento" no es cierto ni lo más importante en la vida, que abandonar a la familia no está bien, que el “bueno y famoso” en realidad era un malo, mentiroso y asesino, que el “looser” medio malandrín no era sino víctima de las circunstancias y hasta su familiar, que el muerto odiado ahora es amado y hasta famoso, que la familia que no apoyaba el sueño del chiquillo ahora hasta lo impulsa y que Coco está por fin abrazando a su papá y ninguno de ellos morirá en el olvido porque todos serán recordados…¿¿¿¡¡¡Shalalalalaaaa!!!???
¡No es por nada, pero sin temor a equivocarme, me parece que es muy naif creer que los pequeñines, aún inocentes, pueden procesar adecuadamente y en tan poco tiempo toda esa información retorcida y contraria a lo que se les inculca! En verdad, les apuesto que sin explicaciones y retroalimentación alguna, pocos niños de primaria inferior y menores pueden captar el desenlace y la riqueza de la película. Eso sí, les aseguro que se quedan con una buena cantidad de material para pesadillas de alebrijes gigantes persiguiéndolos, miedo a ser abandonados, desconfianza de los amigos y la certeza de que los adultos sí pueden hacer cosas malas que a los niños no se les deja.  

                En conclusión, en lo personal y como Orientadora Familiar, recomiendo que si van a ir a ver la peli de Coco con sus hijos pequeños:

  • Antes de ir les hagan un spoiler total y se la cuenten varias veces, utilizando diversos recursos. Lo anterior les beneficiará a toda la familia,  a ustedes porque poder ver la peli  sin que los niños les estén haciendo mil preguntas en vivo y en directo, y a sus hijos quienes podrán disfrutar más la peli dado que reducirán el estrés y angustia, ya que de antemano sabrán que Miguel estará bien y que todo se resolverá favorablemente. Asimismo, esto les permitirá procesarla con mayor facilidad y evitará malentendidos.
  • Sin embargo, luego de verla es necesario comentarla todas las veces que sea necesario y responder todas sus dudas aunque las repitan mil veces. Lo mismo aplica si ya los llevaste... Para  ayudarles a sacar el tema  puedes poner las canciones de la peli. De esta forma, podrán ir aclarando los puntos que consideren necesarios de escenas específicas.

Ahora bien, en el caso de que sus hijos sean más herméticos que una caja fuerte sin combinación o parezcan témpano de hielos, no suspiren: “fiuf, de la que me salvé, ya me ahorré tanto show”... Al contrario, ingéniatelas para penetrar el caparazón y llegar a conocer los pensamientos y sentimientos de tus hijos. 
Por tanto, escúchalos y compartan: 
  • ¿Qué les pareció interesante, raro, curioso, divertido, emocionante, bueno y malo?
  • ¿Qué partes les hicieron sentir felices, tristes, preocupados, con miedo y enojados?
  • Explíquenles los puntos que consideren que deben ser clarificados.

¡Así, además de divertirse y pasar un rato agradable en familia, 

pueden aprovechar la peli para hacer un ejercicio

de comunicación, de conocimiento y de formación!



Publicado en:
http://www.diarionuevavision.com/criterio/antes-de-ver-coco-hagan-un-spoiler-a-ninos/

lunes, 23 de octubre de 2017

Hay de formas a formas para formar...

I


Entre ayer y hoy me quedé impactada con dos noticias de EUA que me aparecieron en el celular:

Una niña de 3 años muerta porque su mamá la pateó en el estómago y al caer se pegó en la cabeza “por no lavarse los dientes” y la otra, una niña de 9 años muerta por asfixia porque sus padres habían llamado a su sobrina para que les ayudara a educarla porque “ya no podían con ella”. Entonces, la sobrina que pesaba 147kg se sentó sobre la niña “rebelde” para “darle una lección” y cuando se levantó, después de 2 minutos, ésta ya no respiraba. 

La mayoría pensará: ”¡qué bárbaros e inhumanos! Yo nunca haría eso!”...

Ok, es cierto, pero creo que a partir de esto conviene reflexionar: 

¿Qué sí hago? 

¿Alguna vez  podría haber salido en las noticias por mi forma 
irrespetuosa o violenta (física o psicológica) de corregir a mis hijos?

¿Qué sí hago cuando “no puedo más” y exploto?

¿Cómo reacciono, qué digo y qué hago?

…Cuando después de “repetir mil veces” algo, no sucede lo que pido o sucede lo contrario.

Cuando tengo prisa y “ni me pelan”.

Cuando ya no pueden tirar más cosas porque solo queda derrumbar la casa y las visitas están por llegar.

Cuando se cayó el agua por quinta vez, se hizo pipí, rayó el sillón  y “todo” sucede justo

cuando estoy exhausta, con los nervios de punta y sin reservas de paciencia.


¿Qué porcentaje del día “sufro” a mis hijos y cuánto los disfruto?

¿Cuánto tiempo diario paso que ardo de furia, gritando y dando órdenes y

cuánto me detengo a escucharlos, a abrazarlos, a besarlos, a mirarlos con amor?   


¿Qué daños físicos o psicológicos podría estar causando a mis hijos cuando pierdo el control?

Afortunadamente no los he matado literalmente, pero...

¿Mis gestos, palabras y acciones fortalecen o “matan”

su autoconocimiento, autoestima, autorespeto, seguridad, individualidad, autenticidad, autonomía, 

espontaneidad, inocencia, capacidad manejar las emociones y resolver conflictos?


¿Qué hago cuando me doy cuenta de que "me paso" y de que debería de actuar de otro modo?

¿Me autojustifico para tranquilizar mi conciencia y poder seguir igual?

¿Pido perdón?

¿Realizo un plan de trabajo realista para ir mejorando con acciones concretas?

¿Pido ayuda? ¿A quién? ¿Busco formarme? ¿Cómo?


Criar y formar a los hijos es todo un reto y evidentemente hay muchas maneras de hacerlo. En general, la mayoría de los padres oscilamos entre medio de “lo ideal” y de “lo que nunca se debe de hacer”. A veces acertamos y otras metemos la pata. Sin embargo, es esencial que seamos capaces de distinguir que hay de medios a medios para formar y  que definitivamente,  unos son más respetuosos de la dignidad de la persona que otros. Es  inconcebible que aún en pleno siglo XXI exista una amplia aceptación de medios violentos y abusivos para "formar" (amenazas, chantajes, ridiculizaciones, culpabilizaciones, la "nalgada a tiempo", etc...) que, aunque no quiten la vida literal, atacan la dignidad y hieren profundamente a los niños dejando heridas graves y les dificultan establecer pautas de comunicación y relaciones sanas.

Obviamente nadie es perfecto, todos nos equivocamos más de lo que quisiéramos. Por eso,  debemos ser humildes para reconocer tanto nuestras fortalezas como nuestras debilidades, así como nuestras áreas de oportunidad y nuestro potencial. Asimismo, debemos de ser  perseverantes para buscar continuamente los medios que sean necesarios para ser mejores padres.   Sin embargo,  .para poder iniciar un proceso de cambio,  primero se tienen que romper paradigmas. Así pues, los padres debemos de romper:

  • Con el autoritarismo y el permisvismo, esto es,  tanto con el sometimiento indigno  de los hijos a los padres como el de los padres a los hijos.
  • Con la justificación inmadura de que no se puede cambiar porque "así soy" o "así me educaron" y "te aguantas", porque además "soy tu madre/padre".
  • Con la desidia para autoevaluar las reacciones, acciones y omisiones negativas y/o violentas..
  • Con la pereza para formarse y para trabajar concientemenente por ser mejor madre/padre.
  • Con la creencia de que los niños son los "culpables" de que los adultos "tengan que educar así" y de que exploten como explotan.
  • Con los "shows y berrinches parentales" para "solucionar los shows y berrinches infantiles".
  • Con la aceptación social de las formas violentas, abusivas e irrespetuosas para "educar".

…¡ Y luego sorprende que aumente el bullying, la prepotencia, la violencia, la corrupción,
la insensatez y la irresponsabilidad de la sociedad!... 

Se necesita valor para reconocer que eso es lo que se  les enseña a los niños con el ejemplo.

En realidad, las “nuevas generaciones” no lo hurtan... Lo heredan..


Cambiar no es tarea sencilla, pero es lo que nos toca en la vida, ya que tenemos solo una oportunidad para  sacar la mejor versión de nosotros mismos y para ayudar a que nuestros hijos también lo hagan. Por tanto, si queremos que sean respetuosos, responsables, generosos, cariñosos y concientes, seamos respetuosos, responsables, generosos, cariñosos y concientes con ellos...



Es momento de cambiar 

para que nuestros niños sean mejores y en consecuencia, el futuro sea mejor

Para cambiar el mundo primero hay que cambiar nosotros

y nuestras formas para  formar...



viernes, 13 de octubre de 2017

6 puntos para viajar "sola" con 3 niños pequeños



La monotonía en la vida familiar a veces se rompe inesperadamente. De pronto, una oportunidad irrumpe y exige que la tomes o la dejes sin consultarlo con el cerebro izquierdo, racional y financiero. Créanme que para alguien perfeccionista y controlador no resulta sencillo aventarse de un día para otro a viajar “sola” con 3 niños, en una aerolínea de bajo costo, con sus correspondientes altas restricciones, para alcanzar al marido que estaría trabajando de tiempo extra-completo. Cuestión que implicaría cuidar a los 3 chiquillos “sola” en el sol, arena, mar y albercas por 3 días consecutivos, para luego poder disfrutar otros 3 días en familia con la responsabilidad compartida.
                 No sé qué tuerca se me zafó o si tuve una regresión hacia la inconsciente adolescencia, pero amanecí y se me cruzó por la mente la posibilidad de hacerlo. Así que empecé a checar la viabilidad de la locura y pasado el mediodía le llamé a mi marido para comunicarle mis negras intenciones. No sé si fue el trabajo excesivo o qué, pero respondió que sí sin rechistar y pues compré los boletos de disque “ofertón” para ir a la playa que está justo en el estado donde no paran las réplicas de los sismos… ¡Sí lo sabía antes de pagar!, pero creo que sufrí un desajuste hormonal que me nubló la razón ese día.
Total que la aventura inició consiguiendo que alguien me llevara el día siguiente temprano del pueblo a la ciudad para tomar el avión. La complejidad del asunto estribaba en que el susodicho no me botara en la entrada del aeropuerto, sino que me acompañara a documentar y que se fuera hasta que me metiera al área de las salas de embarque.
Cuando resolví ese asunto y regresé de recoger niños de las actividades extraescolares, procedí a mantener una Junta de Consejo con los “pequeños socios” que llevaban la mitad de su vida preguntando: ¿cuándo vamos a la playa?...  Por fin, el “un día de estos” había llegado… Obviamente, no cabían de la emoción y tuve que poner orden rápidamente para que no sacaran todas sus pertenencias en menos de 2 segundos. Retomado un poco el control de la situación, les informé sobre los pasos que tendríamos que realizar desde ese momento hasta que volviéramos a casa. Asimismo, les expliqué claramente los riesgos y las medidas de seguridad a tomar en cuenta, pero sobre todo explícitamente les solicité su cooperación y obediencia máxima, incluso con ejemplos prácticos. Hice hincapié especialmente sobre el viaje de ida y los días en los cuales estaríamos “solos”, viendo a su papá sólo para dormir…
Sellado el compromiso, había que conseguir que, entre la euforia y el cansancio del día, cenaran en un minuto y desaparecieran del mapa para poder enfrentar el siguiente reto: hacer una, ¡una maleta de 158 cms lineales que no pesara más de 15kgs!  En ésta tenía que caber todo lo indispensable y necesario para su servidora y los 3 angelitos de 7, 5 y 3 años, más los trajes de baño del galán y sus chanclas… ¿Por qué? Porque aunque podíamos llevar cada quien dos maletas de mano, como podrán comprender “no soy un pulpo” capaz de llevar mi bolsa, 3 chamacos y 8 maletas de mano. Por otra parte, aunque se pueden comprar “upgrades” para documentar más maletas, cada kilo extra te acerca a viajar a precio de “business class” pero en un “pollero” con alas. Por lo que decidí que sólo mi boleto incluiría una maleta para documentar, y pues heme ahí haciendo milagros.
Al día siguiente había que salir con tiempo porque la hermosa Ciudad de México es una caja de sorpresas. Así que me levanté temprano para arreglarme y poder poner las sillitas de los niños en el coche junto con la maleta y demás triques, tener el desayuno listo y recoger un poco el caos generado por el abrupto arranque de espontaneidad… Sólo que entremedio hubo un pequeño contratiempo que se aunó a las pesadillas que había tenido durante las pocas horas en las que pegué los ojos… Sufrí un ataque de histeria porque se me ocurrió checar el clima del destino y que me aparece en los primeros resultados de la búsqueda el siguiente título: “Alerta de tsunami”. ¿¿¿¡¡¡!!!???... Miren que suelo tener amansada a la fiera que llevo dentro y sé esconder bastante bien los nervios, pero ese día entré en pánico. Por lo que llamé a mi marido para informarle que no me iba y que no me importaba que se perdiera el dinero. Sin embargo, entre él y una amiga me terapearon y decidí seguir con el súper plan improvisado hacía menos de 24hrs poniéndonos en manos de Dios.
Afortunadamente llegamos bien al aeropuerto, pero eso sí, al poner un pie debajo del coche me convertí en mamá gorila con mi baby chango a la espalda, gracias la mochila porta bebé que le pedí a una amiga ese mismo día al salir de casa y me hizo el gran favor de prestarme.  Ahí iba yo con los chicos, uno en cada mano y el otro en la espalda, mientras mi bolsa colgaba del cuello cual cencerro de vaca… Sí, ¡sé lo que estás pensando!... Cero glamour... Efectivamente no era un momento Pinterest. Pudimos documentar sin colas ni espera alguna. Nos despedimos del ángel de la guarda que nos llevó y entramos al área de las salas de embarque.
 Tuvimos que realizar una parada técnica de urgencia en el baño, donde me metí con todos mis chilpayates al designado para personas con alguna discapacidad. Alguno pensará que qué inconciente, pero ¡no! No es abuso ni inconciencia. De hecho, los baños públicos son uno de los muchos lugares que no consideran lo incapacitada que está una mamá (o un papá), sin rayos x ni súper poderes, para vigilar a través de las puertas a sus hijos mientras ella/él va al baño o cuando tiene que cuidar a más de uno. En realidad, estoy convencida de que junto al logo de la silla de ruedas deberían de estar dibujaditos una mamá y un papá con escuinclitos. Eso sí, quiero reconocer que la señora de intendencia que estaba limpiando fue súper amable, me echó una mano y hasta les dio sus consejitos a las niñas de que no me soltaran, etc., cuestión que agradecí porque reforzó lo que yo les había dicho el día anterior.
En fin, al no estar asignada aún la sala de embarque caminamos sin rumbo fijo para localizar un restaurante en donde pudiéramos comer y esperar, que estuviera limpio, sin mucha gente y que pareciera seguro. Encontramos uno que superó mis expectativas, no tanto por la comida sino por el excelente servicio para facilitarle la vida a las familias y para atender pacientemente a los niños, aún sin ser éste su giro.
Obviamente tuvimos que volver a visitar el baño antes de dirigirnos a la sala de embarque que estaba exactamente en la punta opuesta de donde estábamos. Así que trepa por milésima vez a baby changuito en la espada y a caminar a velocidad olímpica para que no nos fueran a cerrar la puerta de embarque en las narices.
Finalmente, llegamos a la recta final de la primera meta y nos subimos sanos y salvos al avión. La verdad, aquí entre nos, hasta parecía que nunca saco a pasear a mis hijos… Entraron a conocer la cabina, se tomaron foto con el piloto, preguntaron hasta lo inimaginable, sacando a relucir mi ignorancia y dejando en evidencia que los adultos perdemos curiosidad y dejamos de hacer extraordinario lo ordinario...
Aterrizamos y a bajar la escalerita enclenque con el baby chango a la espalda y los otros dos enfrente para recoger en las bandas a mi cuarta hija: ¡la famosa maleta de 15 kgs! Nos subimos al taxi y al ver el hotel por fin respiré diferente, pude verme cruzando triunfante la primera meta cual atleta de alto rendimiento…Y entonces, a cambiarse y directo a la playa sin descanso alguno… “A por” la segunda meta: disfrutar sin mayores percances 3 días de vacaciones “sola”… ¿Masoquismo? Pues no, aunque no lo crean, me fue muy bien esos 3 días “sola” con ellos. De hecho, no es por presumir, pero ahí sí que podría haber sacado varias fotos dignas de Pinterest, lástima que mi celular permaneció aprisionado en la caja fuerte el 90% del tiempo al declararme incapaz de cuidarlo.  
En fin, gracias a Dios todo fluyó y salió mejor de lo que imaginé. Si me preguntan cuál creo que es la clave del éxito les diría que es:

Conocerte y reconocer tus límites,
ser realista y tomar en cuenta las edades de tus hijos y tus circunstancias
para pedir y aceptar toda la ayuda que sea necesaria
y tomar las medidas de seguridad adecuadas.
Sin embargo, tomada la decisión,  
es fundamental no creerte la mentira de que estás viajando sola,
estás viajando con tus hijos
y por lo tanto,
los tienes que incluir para que se responsabilicen y colaboren.


¿Cómo?

1.       Explicándoles lo que va a ir pasando y las situaciones que probablemente sucedan.
2.       Compartiéndoles tus miedos y necesidades.
3.       Pidiéndoles colaboración y responsabilidad según sus posibilidades.
4.       Siendo firme en el fondo y suave en la forma, para que siempre sepan que sí y que no.
5.       Confiando en ellos y creyendo que son capaces de mucho más de lo que imaginas.
6.       Agradeciéndoles sus buenas intenciones y las pequeñas acciones que realizan para colaborar.

En realidad, ellos saben que no tienes ojos en las pompas y que no eres la Mujer Maravilla, aunque a veces tú intentes demostrar lo contrario. Has memoria de cuántas veces te ha pasado que por fingir que puedes con todo acabas ahogándote en un vaso de agua.
Por lo tanto, si por alguna razón vas a viajar “sola” con tus niños, reconoce tus limitaciones y que no vas sola, vas con ellos, así que ¡inclúyelos! No los minusvalores ni los hagas sentir un estorbo y una carga. Los adultos necesitamos romper paradigmas pesimistas, materialistas, utilitaristas y conductistas que tenemos respecto a los niños. Urge modificar la visión que tenemos de nuestros niños. Ellos no son malos, chantajistas ni manipuladores. Ellos son buenos y les encanta sentirse útiles y “grandes”. Necesitan que los mires como personas buenas e inocentes que son, dispuestos a todo por ti que eres su ídolo. Realmente su actuar depende mucho de cómo los mires, los consideres y los trates.

No obstante, es normal que sientas miedo de viajar “sola” con ellos, la verdad es que es toda una aventura extrema. Evidentemente lo ideal es ir acompañada, pero a veces parece que la vida desconoce “lo ideal”, se aleja tanto de éste que sólo queda enfrentar la realidad con prudencia y valentía como viene y con lo que viene. Eso sí, en todo momento mira al cielo y encomiéndate. Te aseguro que si lo haces podrás ver y sentir Su mano bondadosa que no sólo no te deja ni un instante, sino que te carga en sus brazos amorosos a ti y a tu tropa sin soltarlos ni un segundo... Por ejemplo, entre muchas otras que sucedieron, permitiendo que nos encontráramos inesperadamente en el mismo hotel a unos amigos con quienes pudimos compartir y disfrutar al menos la tarde del día que llegamos y el medio día siguiente, haciendo que se disminuyera un 50% el tiempo que hubiera estado cuidando "sola" a los niños... Increíble, pero cierto...
En fin, gracias a todos a aquellos que hicieron posible que esta aventura tuviera un final feliz…


PD. Para no hacer el cuento más largo y porque merece un reconocimiento especial, no incluí un hecho clave que permitió que tomáramos el avión el día planeado, a la hora planeada... Resulta que mientras íbamos en la carretera a punto de llegar al aeropuerto, casi muero de un infarto cuando mi mamá me informó que mis boletos de avión eran para el día siguiente... ¿Cómo? ¡No podía ser! ¡Si justo por eso me iba con esa aerolínea, porque era la única que tenía lugar para volar ese día!... Esperando que fuera un problema severo de miopía de mi madre, saqué los boletos para leer con atención la fecha de salida, pero efectivamente ¡el vendedor se había equivocado y no me había percatado!... En realidad, tras comprarlos solo verifiqué que llegaran los archivos a mi cuenta de correo y en la madrugada, al terminar de hacer la maleta solo los imprimí para no pagar lo que te cobran si no los llevas impresos. Obviamente, como se podrán imaginar, entré en shock e inevitablemente pensé que era "una señal" de que no debíamos ir si no queríamos morir... No obstante, llamé inmediatamente a la aerolínea para explicar lo sucedido y sé que es inconcebible pero ¡me hicieron el cambio sin costo alguno y sin rechistar!...¡Les digo que Él nunca me deja, siempre me echa una mano! En fin, esto contradecía "la señal" anterior, parecía que se volvía a poner todo en orden... Por tanto, ¿sería una señal de que sí debíamos ir?... ¡Qué nervios!... ¡Qué paranoia!... ¡Qué esquizofrenia!... Menos mal que el stress no me dejó pensar más y que con todo el rollo, casi al colgar, ya habíamos llegado al aeropuerto. Así que tan solo quedaba seguir con "el plan"... Ahora bien, debo de reconocer que fue uno de esos momentos de la vida en los que valoré muuuucho a mi mamá. Es increíble que le importe tanto como para leer bien y con detenimiento el boleto que le había mandado hacía unas horas adjunto en un mail, solo para que supiera fechas y datos necesarios por si moríamos en la aventura y tenían que rescatarnos... Definitivamente es una bendición tener todavía a mi mamá cuidándonos incansablemente....#GraciasMamá  



Artículo publicado también en Nueva Visión:  http://bit.ly/2j63Yuf

miércoles, 11 de octubre de 2017

El temblor desenterró el valor de la vida y la bondad del ser humano




En la época consumista la vida ha perdido su valor infinito como don y milagro, convirtiéndose en un producto más para adquirir y/o desechar según las preferencias, gustos y posibilidades personales. Más aún, actualmente lucrar con la vida resulta un negocio altamente rentable, basta ver las cuentas millonarias que dejan los anticonceptivos y las píldoras del “día después”, los abortos, las fecundaciones in vitro, los úteros subrogados, la eutanasia/suicidio asistido.
El sistema capitalista “cerró el círculo” para que la maternidad no genere déficit sino ganancias y para que hombres y mujeres puedan sean económicamente productivos el mayor tiempo posible y puedan darle “todo” a los hijos:
  1.  Cosifica a la persona y rompe vínculos para que el “individuo sea libre” y no tenga nada que lo ate o limite para que pueda dedicarse a generar dinero. 
  2. Promueve el que la mujer postergue lo más posible un embarazo, que se limite el número de hijos y hasta que se rechace la maternidad. En caso de “fallo” se brinda la posibilidad de “deshacerse del problema” mediante la píldora del día después y del aborto.
  3. Ofrece el poder “pagar” para “adquirir/fabricar” hijos a la carta, incluso sin embarazarse.
  4. Fomenta el desapego y la desvinculación con los hijos para ir adiestrando a los futuros miembros del sistema individualista y consumista. Por eso exige sutilmente la inmediata reincorporación a la vida laboral tras hacer “el deseo realidad” y “obtener” un hijo y seguir con la vida como si nada hubiera pasado, ya que se pueden dejar a los hijos en manos de profesionales en guarderías o en su defecto con nanas o con los abuelos.
  5. Sustituye a las familias en su tarea de encargarse del cuidado del dependiente, sea enfermos y/o los adultos mayores. Por lo que garantiza la oferta de internados, estancias de día, geriátricos, casas de descanso y en los países más “progres” legaliza la eutanasia/suicidio asistido para deshacerse del “no deseado que estorba”.


Todo este montaje es un constructo socio-económico que se ha fabricado en base a intereses soberbios e individualistas y por conveniencia de un sistema capitalista salvaje ocasiona que la opulencia desmedida y los lujos sin límite benefician a una cúpula mientras que aumentan la brecha entre ricos y pobres y provoca insostenibilidad del Estado por la falta de reemplazo generacional. Asimismo, en este ambiente el valor de la vida se relativizaba más y más, mientras que la dignidad humana se enterraba profundamente, pero de repente tembló el 19S… Tembló para todos sin importar el nivel socioeconómico, las creencias religiosas ni nada… En un instante, a todos “se nos cayeron los chones” y quedamos desnudos e impotentes ante la fuerza de la naturaleza… Ante el pavor y la incertidumbre, en la incomunicación total, tan sólo quedaba rezarle a ese Dios que actualmente se tanto desprecia.
Se perdieron vidas, se perdieron patrimonios y aunque fuera por unos minutos o por unos días, también se perdió la soberbia con la que se vive como si uno fuera dueño y señor de la vida. Por unos momentos experimentamos el ser creaturas y nos sentimos “nada” ante el miedo de perder todo, hasta la vida. El temblor derrumbó la desvinculación social y se cayó el teatrito capitalista individualista. De pronto se solidarizó el pueblo, se formaron cadenas humanas, redes de ayuda y de oración, se consumía para donar y no para beneficio personal, se regalaba comida, ropa, productos de higiene, de curación. Asimismo, se donaba tiempo y esfuerzo para ayudar al prójimo sin importar si era conocido o desconocido.
                De entre la desgracia se desenterró el valor de la propia vida y la del otro, se tomó conciencia de la finitud y de la fragilidad de la misma. Pasaban los días y en las labores de rescate ya no se esperaba escuchar gritos de auxilio, se buscaban débiles respiraciones sin importar la edad, salud o condición de las víctimas Muchas personas arriesgaban sus vidas por salvar a otros, pasaban horas intentando rescatar a uno más, por uno valía la pena todo el esfuerzo y gasto. Más aún, el trabajo no sólo se centraba en rescatar a los vivos sino incluso a quienes habían perecido para poder entregar su cuerpo a los familiares. Así pues, fue como se rescató de entre los escombros el valor de la vida humana y del cuerpo humano. Se hacía hasta lo imposible ante la más mínima posibilidad de vida…
Ojalá no hubiera temblado, pero tembló como en película de terror… Así que ojalá que esta contingencia sirva para trasformar de fondo nuestras vidas superficiales y alejadas de lo esencial porque entonces se logrará transformar la familia y en consecuencia la sociedad. Entonces, se podrá reducir la brecha entre ricos y pobres, desterrar la corrupción y la maldad para que aflore la bondad humana. Ojalá que el otro deje de ser un medio y vuelva a ser concebido como un fin en sí mismo. Ojalá que se vuelva a ver al que sufre en lugar de darse la vuelta mientras uno esté bien. Ojalá se deje salir lo que le es propio al ser humano, la interdependencia, la entrega y el compromiso, en lugar hacer oídos sordos y esperar a que la humanidad del ser humano salga tras una desgracia.
Ojalá que la reconstrucción del país, empiece por una reconstrucción personal profunda, donde la vida se viva y se reciba la vida como un don y un milagro, donde la maternidad/paternidad y la crianza no se vea como una carga insoportable o un yugo que limita, donde la paternidad responsable no se identifique con abortar, donde morir dignamente no implique el poder acceder a la eutanasia. Ojalá que los rescates de uno más, uno más, uno más, graben en nuestras almas el infinito valor de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. 
Ojalá que de los escombros se haya rescatado la convicción de ser mejores humanos.  Ojalá que el temblor haya dejado cimientos fuertes para construir una sociedad donde la dignidad humana, el amor, los vínculos, el compromiso social y la participación ciudadana sean los ejes rectores. Ojalá que no necesitemos más sacudidas para jerarquizar bien los valores y detenernos a mirar a los ojosa nuestro prójimo para alcanzar a ver el alma de quienes nos rodea y valorar su existencia. Ojalá que vivamos, cuidemos, abracemos y besemos a los nuestros como si fuera el último día.

A todos nos tembló y se nos movió la vida, a algunos tangiblemente y a otros más intangiblemente. El miedo y la inseguridad se resiste a abandonarnos, también en gran parte porque nos resistimos a abandonarnos a la voluntad amorosa de Dios. Sin embargo, más de uno desde ese día agradece cada respiración, cada latido, el poder ver las lunas de octubre y abrazar a los suyos intactos.
Pero,
 ¿y si hubiera sido tu último día? 

¿Habrías muerto en paz?

¿Cuál hubiera sido el balance al examinarte sobre cuánto amaste? 

¿Al abrir tus manos derramarías obras amor, 
misericordia, agradecimiento, perdón, paciencia y sacrificios? 

¿O por el contrario se escaparían tan solo borracheras, fiestas, superficialidades, vicios, 
prepotencia, egoísmo, falta de compromiso, omisión de actos buenos, desperdicio del tiempo? 

¿Te habría quedado pendiente algún beso, algún abrazo, alguna charla, algún te quiero?